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Foto de Mr Flibble

Foto de Mr. Flibble. Los gimnasios están llenos de gente así.

Estos días me he agenciado una compañera de gym. O ella se ha agenciado uno, depende de cómo se mire. A falta de algo mejor, la llamaremos Mademoiselle Gabacha, que es adecuadamente descriptivo. Ella quería empezar a entrenar en serio, y dado que somos casi vecinos con horarios compatibles, llevamos un par de sesiones de gym juntos. La chica es una campeona, y le está echando el hígado al tema, que es la única manera de que la cosa valga para algo.

El caso es que cuando vas a entrenar allí tienes que pedir las pinzas para los discos de las pesas en la recepción. Esas pinzas que colocas en la barra para que los discos no resbalen y no se muevan. Antes estaban en una caja en la sala, pero por lo visto los descerebrados de mierda de los clientes las roban. Así que hay que pedirlas al entrar y devolverlas al salir.

Ayer acabamos la rutina y fui a devolver las pinzas. Cuando volví, había un señor mayor hablando con Mademoiselle Gabacha, que se aparta mientra me voy acercando. Es un espécimen muy habitual en el gym a que voy: gente que decide que jubilarse es el momento de empezar a hacer el deporte que no han hecho en su vida, que llevan cintas de felpa en la frente aunque no hacen suficiente movimiento para sudar una gota, y llevan guantes aunque no levantan peso como para que les salga un callo jamás en las manos. De esos que son como los viejos que vigilan las obras en España: ninguno ha puesto un ladrillo en su puta vida, pero por supuesto todos son arquitectos y todos le dicen a los albañiles cómo hacer su trabajo. De esos listos los gimnasios están llenos, y muchos no esperan a estar jubilados para empezar a ejercer.

Pues llego hasta M. Gabacha y le pregunto qué pasa. Ella me contesta que el abuelete la ha visto hacer peso muerto y le ha dicho que las mujeres no pueden hacer esos ejercicios porque se quedan paralíticas, que eso hay que hacerlo cuando estás fuerte. La parte en la que para estar fuerte hay que hacer levantar cosas pesadas se les escapa.

Y ahí están, levantando siempre la misma cantidad de peso, sin aumentar, sin variar, sólo lo que les parece cómodo. Y sin conseguir nunca nada.

Esto me hizo pensar sobre los consejos. Y sobre quién los da, y cómo. A fin de cuentas yo me gano la vida dando consejos, ¿no?

No. No, en absoluto.

Cuando alguien te hace una recomendación basada en la experiencia de haber logrado algo, o en conocimiento probado (o sea, ciencia actualizada), no te está dando un consejo. Está estipulando un hecho. Si entrenas siempre con el mismo peso, tu cuerpo se adaptará a ese peso y no te harás más fuerte de lo mínimo imprescindible. Cuando alguien te dice algo basado sólo en su percepción sin haber alcanzado un logro demostrable, está diciendo gilipolleces. Y de eso las calles están llenas, y lo gimnasios más. “A mi me parece”, “eso es así” y demás frases hechas son un indicador seguro de que debes dejar de escuchar al que está hablando.

Los consejos son uno de los obstáculos más grandes que hay para conseguir algo. De nuevo: no me refiero a pedir consejo a alguien que ha conseguido aquello que tú quieres lograr y puede enseñarte cómo. Me refiero a prestar atención a todas las personas que te rodean y que piensan que saben perfectamente lo que has de hacer aunque ellos no lo hayan hecho nunca.

Hugh McLeod lo explica perfectamente.

El que te da un consejo (no el que te cuenta un hecho) no lo hace para ayudarte, aunque eso sea lo que quiera. Lo hace para sentirse bien. No busques consejos, busca datos y busca experiencia contrastada. E ignora a todo el mundo. Como dice Alan Weiss, si tienes un instructor de esquí, debería estar delante de ti, haciendo y demostrando todas y cada una de las cosas que va a enseñarte. Tu instructor no debería darte consejos sentado en un sillón con un coñac, con sus tablas relucientes por falta de uso apoyadas en la pared de al lado.