La comunicación es complicada, y sujeta a un porcentaje de errores extremo. Incluso entre profesionales.
La realidad no existe, no para los seres humanos. Dos personas ven el mismo objeto y representan cosas radicalmente diferentes. Esta no es mi opinión: es un hecho, científicamente constatado.
En los 80, tras la masacre de Beirut (milicias libanesas masacraron entre 328 y 3500 civiles palestinos), Vallone y su grupo de la universidad de Stanford decidieron poner a 144 personas de diferentes puntos de vista (pro – Árabe, pro – Israelí, moderados) enfrente de una selección de cortes de noticias de cadenas americanas (NBC, ABC, CBS). Todos los participantes vieron exactamente los mismos cortes de noticias.
A pesar de eso, los pro – árabes percibieron las noticias como marcadamente pro – judías, los pro – judíos las veían como marcadamente pro – árabes, y los moderados lo ven como ligeramente pro – árabe (de esperar, dado que las víctimas son palestinas). Los mismos presentadores, mismos textos, mismas fotos, mismo material. Y sin embargo, todos vieron diferentes noticias. A esto se le llamó el fenómeno de los medios hostiles, y se propuso como explicación las dos siguientes razones:
- En cosas que nos importan mucho, percibimos la verdad como blanca o negra. Atribuimos las sombras y matices de gris a sesgos en nuestra contra por parte de las personas a nuestro alrededor.
- Cuando algo nos importa tendemos a ignorar los aspectos en los que otros están a nuestro favor y nos enfocamos en las discrepancias.
Voilá. Comunicación jodida en segundos.
Además, hay otro interesante mecanismo en juego, llamado sesgo egocéntrico, que explica por qué somos tan penosos deduciendo qué es lo que los demás piensan de nosotros. En serio, tenemos más posibilidades de acertar lo que otro piensa de nosotros eligiendo al azar.
El sesgo egocéntrico quiere decir que, cuando tratamos de “leer” la mente de otra persona e imaginar qué piensa, no podemos evitar estar sesgados por cómo nos vemos a nosotros mismos. Para leer la mente de otro, primero leemos la nuestra. Y eso nos hace malos lectores de mentes ajenas porque:
- Hay un sesgo atencional: pensamos que los demás nos prestan mucha más atención de la que realmente nos prestan, y que perciben detalles que nosotros no percibimos.
- Sesgo de análisis: Todo lo que vemos se filtra a través de nuestras creencias, intenciones y actitudes, especialmente cuando la situación es ambigua o las creencias, actitudes e intenciones del blanco son muy diferentes de las nuestras.
De modo que nos convencemos de que los demás nos quieren, no nos quieren, les gustamos, no les gustamos, o lo que sea, pero la mayor parte de las veces… nos convencemos de lo que está en nuestra cabeza, no en la de la otra persona. Y como explica el fenómeno de la profecía autocumplida, tendemos a comportarnos de acuerdo con aquello que ocupa nuestras mentes, de modo que si creemos que Fulanito tiene un problema con nosotros, ajustaremos nuestra conducta para tener un problema con Fulanito, y de ese modo validar nuestra creencia. Perverso, sí, pero así somos.
Como decía mi padre:
¿Qué quieres, tener razón o resolver el problema? No puedes tener las dos cosas. Elige a qué te dedicas.
Y tanto dolor, tanto sufrimiento, lágrimas y guerras porque, a menudo, no podemos salir de nuestra propia cabeza.