El Peso del Armiño

6 Noviembre 2007

Madeira 2

Archivado en: Esto me ha pasado a mí — Imperator @ 12:06

02.11.2007

A bucear.

En Madeira no hay playas. Dejad que os lo explique de nuevo. No hay playas. Si te quieres bañar, los hoteles, paseos marítimos y tal tienen escaleras que van directamente al agua. Hay una playa en el Paseo Marítimo de Funchal, pero las rocas son tan grandes como Rapun, así que no es mi idea de playa. Creo que en Porto Santo sí hay, pero no fuimos.

El procedimiento es como sigue: nos equipamos. Bajamos unas escaleras hasta una plataforma. Nos ponemos las aletas. Al agua. Ni barco, ni molestias. Salimos por donde entramos andamos unos metros y nos quitamos el equipo. Los que estamos menos tiempo no tenemos que esperar un rato en el barco a que los más veteranos (que administran mejor el oxígeno) regresen.

Dios, amo esa idea.

El monitor es un tipo majo, que se queda pasmado al saber que no hemos usado snorkel en nuestro curso de buceo. Es muy importante. A cambio, nos da reguladores que no tienen octopus (el 2º regulador que se usa para emergencias), porque tener un segundo regulador por si falla el primero es poco viril. Es mucho más viril compartir el regulador con tu compañero (con lo que se acaba la inmersión para ambos), hacer una ascensión de emergencia, o ahogarte. De todos modos la inmersión no va a ser profunda, así que no habrá problemas. Nos equipamos, demuestro en el proceso que hace mucho que no buceo, y vamos al agua. Empezamos a ver fauna en cantidad a los dos metros de entrar al agua. Te cagas. Es una experiencia genial, pero las botellas de 10 l duran menos de lo que estoy acostumbrado. Octavio (el monitor) decide que estamos verdes para ir en barco, porque es una inmersión profunda y tal y tenemos que entrenar más, y bucear más. Le explicamos que ya nos gustaría pero que en Madrid no hay playa, y que nos encanta lo de hacer inmersiones a pie del hotel por lo que por nosotros al barco le pueden ir dando. Reservamos una inmersión para el día siguiente a las 15, porque resulta que el negocio cierra a las 17 – horario europeo de nuevo, chicos. Por cierto, el lugar se llama Ilheu da Forja.

Como ya hemos buceado y el club está a 5′ andando de nuesro hotel, nos ponemos en marcha de nuevo. Además, Rapun empieza a mostrar Síndrome de Abstinencia de Conducir su Cochecito Azul. Rapun decide que vamos a ir a visitar los Jardines de Palheiro, y allá que vamos antes de que empiece a echar espumilla por la boca.

Es uno de los lugares más endemoniadamente hermosos en los que he estado jamás. La quinta de Palheiro era propiedad de la familia Blandys, una de las familias que empezaron a fabricar vino de Madeira. Eran ricos hasta dar asco y más, y por eso tenían una genuina mansión colonial inglesa en una propiedad que, probablemente, sea más grande que el Retiro. Y la llenaron de plantas exóticas, setos recortados de manera fantástica, y una zona llamada la Ribera do Inferno donde se hincharon de plantar vegetación de jungla y la dejaron crecer. De nuevo, como el cráter de Un’Goro.

Además de la mansión, hay un hotel de 5 estrellas, un campo de golf de más de 6 kms de largo, y un complejo de bungalows por si los quieres alquilar. Además de los jardines. Y es precioso. Nos paramos a comer algo en una tetería encantadora, y sorprendentemente barata teniendo en cuenta que la mayoría de clientes son gente de la que, tú sabes, juega al golf. Rapun se repanchinga en una butaca de mimbre, con su taza de té, su pastelito, su dedito meñique levantado, el pelo recogido en un moño, y dice: “Podría acostumbrarme a esto.” Y podría: ahora mismo parece un personaje de Remando al viento. La adoro. Y lo cierto es que yo podría vivir como un lord inglés.

Después de que cierren los jardines nos bajamos a Funchal y visitamos las bodegas de San Francisco, que es, básicamente, donde se hace el vino de Madeira. Por supuesto, está a reventar de ingleses viejunos castigando su hígado como locos. Nunca irás a un sitio con bodega sin encontrarte ingleses por allí, parece. Por 4,20 te dan una vuelta por el lugar, y una encantadora chica (tocaya de Rapun; no, no se llamaba Rapunzell, imbéciles) te explica cómo se hace el vino, y es muy interesante. No, en serio: es cojonudamente interesante saber por qué el vino se fabrica así, y no de otra manera, o la diferencia del Madeira con los vinos de mesa, y cosas así. Al final del tour hay una cata gratuita, que es el meollo de la cuestión. Probamos todas las variedades de Madeira que nos dejaron, y nos demostraron de nuevo que la mejor forma de conseguir que compres algo es dártelo a probar. Salimos de allí bastante contentos.

Hubo un momento de pánico por mi parte cuando me metí en un servicio a quitarme las lentillas (uso lentillas para bucear, obviamente), y salí sin gafas… y Rapun no estaba. Y yo tengo 4,5 dioptrías como soles en cada ojo. En cristiano: no veo un carajo sin gafas. Y mis gafas las llevaba Rapun en el bolso. Así que empecé a andar como Frankenstein en dirección a dos borrones que parecían seres humanos, preguntando:

- “¿Ha visto a mi novia? Have you seen my girlfriend?”

Por suerte el borrón más alto resulto ser el guardia, que sí la había visto, y me orientó a la tienda de regalos donde Rapun andaba. Y allí me dirigí tratando de no parecer un topo, y fracasando miserablemente.

Como ya eran más de las 18:30 el 99% de los sitios visitables estarían cerrados, por lo que nos fuimos a cenar a un Mohinder* llamado Bombay Palace justo enfrente del hotel, que además estaba recomendado en la guía. Fue una buena elección.

03.11.2007

Hoy no queremos irnos lejos de Funchal así que empezamos visitando el Mercado de los Labradores, en el centro. Deberíamos haber imaginado cómo era.

Es un mercado de los de antes, y hay flores por todas partes, como si la selva se hubiera adueñado del edificio. Pero por todas partes. Entra luz del sol a raudales por el techo, y huele a frutas exóticas, a flores y a cosas buenas. Los vendedores te dan muestras de producto para que comas y piques. Y vaya si picas. Probamos frutas que no podíamos imaginar; mención especial al fruto del filodendro, que es la única fruta del mundo que se pela sola cuando está en su punto. Y me hice una foto con el pez más grande que he visto en mi puta vida. Y vimos al espada, que no es el pez espada en el que pensamos, sino un pez de metro ochenta de largo, negro, alargado como una morena y con unos dientes de hijo de puta que matan del susto.

Salimos de allí, nos dimos un rulo rápido por la Sé (la catedral), que ni me pareció muy bonita ni que impresionara mucho; además, estaba lleno de adoradores de Cristo en su ritual, así que nos fuimos para no molestar. Como había tiempo, nos acercamos al Botánico de Funchal, que resultó muy bonito (incluye un Jardín de Aves Exóticas) pero que palideció un poco al lado de los jardines de Palheiro del día anterior. Pero merece la pena, ojo, y el precio de la entrada es muy bueno.

Y a bucear.

Esta 2ª inmersión fue mucho más suave, y mejor. Que es lo que suele ocurrirme cuando voy a bucear. En la 1ª inmersión se va más acartonado porque no te acuerdas bien de cómo iba el equipo, y en la 2ª te dura más el oxígeno, te esfuerzas y cansas menos, y ves más cosas porque no vas pendiente del equipo. Muy chula, aunque había 2 carajotes en el grupo que no dejaban de pegárseme por el lado en el que no puedes ver: desde atrás y desde abajo. Así que a alguno le dí con las aletas en la boca; que hubiera tenido más cuidado. Inglés tenía que ser.

Ducha, y decidimos ir a ver la Ciudad Vieja de Funchal, que se supone es el centro de la vida nocturna y tal. Pero antes, una parada obligatoria: nos bajamos al espigón con la botella de vino de la habitación y dos copas que Rapun pasó de contrabando en su bolso, y nos sentamos en un banco a ver ponerse el sol en el mar, porque Rapun nunca había visto ponerse el sol en el mismo mar. Había algo de nubes, pero fue hermoso de todos modos. Y nos bajamos la botella mientras la gente de los restaurantes cercanos nos miraba, una pizca extrañados.

Hay muchos restaurantes de cocina tradicional madeirense en la Ciudad Vieja, que tienen una curiosa costumbre, que a Rapun le rechinaba mucho: en la puerta tienen a alguien que te coge del pescuezo y trata de meterte a empujones dentro. Pasamos por varios restaurantes y teníamos que esquivar a los camareros que se arrojaban sobre nosotros. Salvo en uno, que a Rapun le gustó porque no salía nadie a secuestrarnos. Aunque se veía un poco vacío. Luego nos dimos cuenta de que estábamos en la puerta trasera que daba a una sala al fondo, con mesas. Por cierto, acabamos en ese, que tenía el camarero más agresivo. Nos vio y dijo directamente “¿Mesa para dos, no?” Y dijimos que sí. Probamos la espada, y otra espetada que se sirve colgando de un pincho metálico sobre el plato. Era menos impresionante que la de Curral das Freiras, pero estaba buena.

Luego tratamos de salir de marcha un poco. No hay de eso. O si la hay, se esconde muy bien. Parece ser que hay un par de discotecas y tal, pero no vamos a ir de discotecas. Y lo que se ve por el puerto es, deprimente. Por ejemplo, un barco reconvertido en restaurante, en el que un pollo con pelos a los Bisbal canta para un montón de mesas vacías. Que al andar un poco vimos que no, que había tres viejas en una. Creo que es de las cosas más deprimentes que he visto.

04.11.2007

Día de despedida, así que decidimos bajar a la no – playa a pegarnos un chapuzón, y probar el snorkel que Rapun se compró el día anterior (yo no me compré porque soy muy listo, y me dejé la máscara de buceo en Madrid). Y fue otra experiencia genial. Sólo tenías que hacer el muerto con la cara bajo el agua, y veías de todo. Mucho más divertido que simplemente nadar y chapotear – los peces llegaban hasta los mismos escalones del espigón que quedaban sumergidos. Peces con colores vivos como en esas fotografías de sitios que crees que nunca podrás visitar. Salvo que sí podrás.

Comer, ser recogidos por la agencia y transportados al aeropuerto. Aterrizaje en Lisboa. Nos hacen salir del avión, para transbordar al mismo avión. Llegamos a Barajas. De ahí nos lleva Athair a casa, que está bien porque íbamos cargados de cosas. Los gatos se han meado en los filtros de carbono de la cestita donde hacen sus necesidades. Por lo demás, y gracias a la vigilancia de la madre de Rapun, no hay desgracias que lamentar. Hogar, dulce hogar.

Ha sido el mejor viaje que he hecho en mucho, mucho tiempo. Y sé que volveremos. Aunque nos quedan muchos sitios que ver todavía. Por ejemplo, tenemos que encontrar Cicely, aunque no tengo ni puta idea de dónde está. Pero Alaska o Roslyn, en el estado de Washington paracen buenos sitios para empezar. Hummm….. quizá en febrero….

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